Las chicas del cable: lo que pudo ser (y no fue)

Por Constanza Nieto

Madrid, 1928, cuatro mujeres consiguen pasar las prueba telefonistas y trabajar en una España en la que lo prioritario era ser esposa y madre. En este escenario se desarrolla la primera producción de Netflix en España.

Con la intención de conectar con el público español, la plataforma de streaming ha querido contar con Bambú Producciones, la productora de series como ‘Velvet’ y ‘Gran Hotel’, primera alarma de lo que se ha intentado vender como una reivindicación feminista y se ha quedado en otra serie superficial e irrelevante.

¿Chicas? del cable

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Chicas. De verdad, vamos a ver, son cuatro mujeres, tres de ellas emancipadas y la tercera casada y con hijos ¿qué tienen de chicas? Aunque el término parece ser la tónica general para poner nombres a las series sobre (o para en su mayoría) mujeres desde Las chicas de oro y Gilmore Girls hasta las más actuales 2 Broke Girls, New Girl o Girlboss (ésta última de Netflix).

Las personalidades e historias de las protagonistas son posiblemente el principal gancho de la trama, si se ignoran los clásicos triángulos amorosos, el amor del pasado que vuelve y una ambientación histórica de bajo presupuesto, con nulas referencias a la situación dictatorial que sufría España en esa época.

La historia se cuenta a través de la narración, en ocasiones demasiado empalagosa, de Alba/Lidia (Blanca Suárez), una mujer que se muda a la ciudad siendo todavía adolescente y se ve obligada a buscarse la vida trabajando en una especie de bar/burdel en el que aprende todo tipo de chantajes y artimañas. Así, este personaje se construye como una femme fatale y durante toda la serie utiliza sus “armas de mujer” para conseguir lo que quiere, estereotipo que desmonta desde el momento cero cualquier intento de producción feminista.

El contrapunto a todos los estereotipos que acumula Alba a sus espaldas es Carlota (Ana Fernández), hija de militar lo que en aquella época aseguraba un estatus social y económico decide romper con las exigencias de su padre y construir su camino. Resulta interesante la relación que mantiene con su compañero (que no novio) en la que ella se mantiene firme en su intención de no casarse y con Sara (Ana Polvorosa), la supervisora que fuera de la empresa es una activista feminista y gay.

Marga (Nadia de Santiago) es el personaje que más se acerca a la realidad de la época. De pueblo, religiosa, vigilada por la casera de la pensión en la que vive, temerosa ante los hombres e insegura de todo lo que hace.

Con Ángeles (Maggie Civantos), se permite tratar un tema que los españoles no estamos acostumbrados a ver en las series nacionales, la violencia machista. Este personaje sufre tanto la violencia física como psicológica de su marido (Sergio Mur) que le exige abandonar su trabajo para dedicarse a los cuidados domésticos.  

La amistad entre las cuatro mujeres se impone como su mejor aliado y construye una relación de sororidad que las ayuda en más de una ocasión a superar problemas personales y laborales en un contexto en el que los hombres mandaban tanto en lo privado como en lo público.

Ni machismo ni feminismo

Quizás la serie no hubiese tenido tanta repercusión si no hubiese sido por la lista interminable de declaraciones misóginas y sexistas que han ido dejando algunos de los protagonistas en los medios de comunicación durante la campaña de promoción.

La palma se la lleva Yon González, el cuñado del jefe en la trama, quien ha asegurado que “el machismo y todo esto se cuenta siempre a favor de la mujer” y habla de un “machismo pero al revés”. Ni corto ni perezoso, destacó que la serie vale la pena por las “chicas tan guapas”.

Aunque Blanca Suárez tampoco se queda atrás, la actriz aseguró no ser feminista sino que lo que quiere es que se la trate igual que a los hombres. Oh la contradicción. En la misma entrevista confesó que le gustaría que en sus entrevistas se hablara de otras cosas que no fueran sus ‘looks’ aunque tiene “conflicto” con el término feminismo.

A pesar de todo, se trata de una primera temporada en la que se han planteado historias interesantes que, potencialmente podrían hacer de esta serie algo útil para el feminismo. Para la siguiente parte de la historia podrían dejar de lado las relaciones amorosas y los estereotipos rancios de todas las series españolas para ofrecer una perspectiva más amplia de la situación de las mujeres en la España de la época que dé a conocer historias como la del Liceo de Madrid o la de Victoria Kent (que aparece en una ocasión). Ah, y que por favor Netflix financie un cursillo de educación feminista para que algunos de los protagonistas dejen de cargarse la serie con sus comentarios.  

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